No olvidemos el 11M

Hoy se cumplen 12 años desde que aquel fatídico 11 de marzo nos recordara que el miedo está más cerca de lo que creemos.

A la salida de casa, en la boca del metro, que desde entonces parece un lobo, o en la mochila del chico de al lado en el tren. Hacia ya más de una década  que las flores y las velas dejaron de ser hermosas para recordarnos la fugacidad de la ignorancia y del fanatismo, y hace dos lustros y dos años que seguimos buscando una razón, una respuesta y una esperanza. 

El 11 de marzo siguió la estela del 11 de septiembre, para poner el nombre de España en el mapa de uno de los atentados más atroces que ha conocido el mundo occidental. Después vendrían Londres, París y otras capitales europeas en las que los mismos salvajes intentaron inocularnos el virus del miedo. Es cierto que los cientos de atentados cometidos en países tipificados del tercer mundo, de esos donde la muerte no es noticia, hayan sido en suma más voraces y mortales que aquel que descubrió la cara vulnerable de las primeras potencias, pero este, el nuestro, puso de manifiesto la vulnerabilidad que todavía nos toca el hombro cada vez que entramos y salimos de los vagones de la vida.

Como periodistas es triste reconocer que hay países de segunda. Una tormenta asola Asia, se come a pueblos enteros, devora vidas en lugares en los que comer es una gesta, y sus imágenes se convierten en las colas de los informativos. loas refugiados perecen cada día a las puertas de un continente que debate en despachos qué hacer con ellos mientras el tiempo se les agota y el dolor se transforma en un rencor que es precisamente el alimento del fanatismo. Somalia se muere de hambre, tiene la voz rota por la sed, pero no tenemos ni los millones necesarios para paliarlo ni los minutos de Telediario precisos para denunciarlo. Guerras, genocidios, mutilaciones, violaciones… un sinfín de latigazos a los derechos humanos, millones de personas muertas, y a demagogia nos lleva, sin embargo, a olvidar estos hechos y a volver la cabeza. Abrimos en cambio mucho los ojos al evocar a aquel directivo con la cara ensangrentada, o a ese otro muchacho que hoy concede entrevistas asegurando que no se reconoce en esa foto ¿Es más importante aquel hombre de maletín y traje de marca, que ese niño de 7 años que aparenta 3 por la desnutrición y que hoy nos desafía desde sus segundos de gloria en las noticias?

Un colega periodista me ha preguntado hoy qué hacía aquel 11 M y lo peor es que lo recuerdo perfectamente. Tal vez si me dijese qué me pasó por la mente en cualquier otro conflicto que no tenga que ver con esta sarta de atentados ilógicos con los que se ha visto azotado el primer mundo, no hubiera sabido responderle.

Trabajaba en Cope Ibiza, estaba a punto de dar las noticias locales, cuando escuché a Federico Jiménez lo Santos anunciar a lo Orson Welles la «invasión de los etarras que perpetraban el acto más abominable de su historia».  Tal vez por eso recuerde tanto aquel día. Llamé a mi hermano, que vive en Madrid, a mi mejor amiga, a mi socia, y a todas las personas que quiero y que podían haber sido víctimas de aquel sinsentido. Como profesional de la comunicación me bebí cuantas noticias aparecieron en prensa, televisión y radio. Hoy hubiese estado pegada a mi iphone completando mis lecturas con vosotros en Twitter. La realidad es que seguimos sin saber bien qué paso y qué hubo detrás de aquel proceso de desinformación a la que fuimos sometidos.

Han pasado doce años desde aquel once. Sigo sintiendo frustración por lo animales que demuestran ser algunos seres humanos, que se creen con el derecho de arrebatar vidas ajenas. Sigo considerando que el periodismo está sesgado, sigo felicitando a aquellos profesionales que informan cada día con tanta valía y no dejo de pensar en aquel hombre del traje negro, en esa chica que perdió las piernas, y en ese niño que se muere de hambre y que hoy no tendrá espacio en los telediarios porque un aniversario es mejor noticia.

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