Rotundamente no

Repitan conmigo: “No somos malas personas por decir “no” cuando alguien nos pide un favor”. “No estamos obligados a satisfacer a todo el mundo”. “Tenemos el mismo derecho a negarnos a cumplir los deseos de otros que ellos a atreverse a pedirnos que los materialicemos”. “No precisamos poner excusas cuando alguien quiere abusar de nuestra confianza”. Repitan conmigo: “Rotundamente no”.

Este ejercicio debería ser nuestro mantra matinal ahora que empieza la temporada y comienzan las llamadas en las que conocidos de toda índole y condición osan llamarnos para pedirnos alojamiento gratis en nuestras casas, entradas de discotecas, enchufes en restaurantes o que trabajemos gratis para ellos. Para que puedan identificar los casos en los que podemos sentirnos con la libertad de decir “rotundamente no” les voy a dar algunas pistas: suelen provenir de personas con las que hace meses que no tenemos contacto, las peticiones comienzan con términos como: “una cosita”, “tú que sabes de todo” o “tú que conoces a todo el mundo”. Acto seguido harán la pregunta “mamporrera” y nos consultarán cómo estamos.  La función comienza aquí y de pronto nos sentiremos obligados a buscar pretextos para evitar que se nos cuelen polizones en nuestras vidas… eso si se nos ocurren a tiempo. Al colgar el teléfono puede que hablemos en alto y que reconozcamos que somos gilipollas por dos causas: haber claudicado o habernos inventado pretextos para no decir “sí”. Pero, ¿por qué tenemos que mentir? ¿Qué nos impide decir simple y rotundamente “no”? En esencia, ¿qué necesidad nos lleva a ser pasivos y acatar las instrucciones de otros cuando no queremos hacerlo?

Tuve una amiga, que dejó de serlo, que me preguntó si podía quedarse un par de semanas en mi casa durante sus vacaciones, le expliqué, con toda la honestidad del mundo, que esos días tenía a otras dos amigas visitándome y que prefería que escogiera otras fechas. Al día siguiente me llamó y me dijo que se había comprado los vuelos. Durante una semana tuve que hacer grandes esfuerzos porque mi compañera de piso no se mosquease conmigo por haberle metido a tres personas en casa, amén de satisfacer a las tres, ya que las dos primeras no se conocían con esta última y, además, no casaron muy bien. La siguiente semana, en la que ya solo tenía una invitada, realmente me trató como a su asistenta ya que no cocinó ni un solo día, ni fregó, obviamente, aunque yo trabajaba de mañana y llegaba a casa exhausta, no pagó nada de lo que consumió y se marchó con la misma gloria que llegó. Hace 14 años que no he vuelto a responderle al teléfono.

Tuve otra amiga, que también dejó de serlo, que un viernes por la mañana me pidió 600 euros para comprarle una moto a su novio con el fin de sorprenderlo por su cumpleaños arguyendo, además, que no sabía cuándo podría devolvérmelos. Se da la circunstancia, además, de que ya le había conseguido un descuento en la tienda donde la había escogido, obviamente sin sospechar que no tenía con qué pagarla. Llámenme rara, pero yo no adquiero cosas cuando no puedo pagarlas. Esta relación de “amistad” concluyó cuando, tras criticar mi consumismo exacerbado por el tamaño de mi armario, llegando a ofenderme seriamente, me pidió un vestido para una boda porque yo tenía mucha ropa y muy bonita. Creo que, gracias a ella, y a todos aquellos que me pedían que les pusiera en lista en determinados establecimientos, para llamarme airados a las cuatro de la madrugada si no les habían dejado pasar, aprendí lo que era ser asertiva y decidí serlo.

Del mismo modo que en el trabajo nos pagan por pensar, por razonar, por aconsejar y por buscar la mejor solución a un problema, en la vida cotidiana debemos actuar con idéntica firmeza y no ser sumisos acatando los caprichos de nuestro entorno. Eso sí, debemos responder con respeto, sin ser groseros ni agresivos, de forma congruente y, sobre todo, sincera. Lo bueno de estos casos es que quienes se atreven a intentar aprovecharse del prójimo no suelen ser amigos verdaderos, por lo que estos meses son un maravilloso indicador para hacer una criba que nos lleve a quedarnos solo con los mejores.

Pero, ¿cómo se dice “no” sin sentirse culpable o “mala persona” en el momento? Es muy sencillo, háganse tres preguntas muy rápidas: “¿Ustedes se han quedado alguna vez en casa de la persona que les pide alojamiento gratis? ¿Ustedes acuden a la peluquería, frutería o al médico privado dando por hecho que no les cobrarán? (En ese caso respondan con idéntica praxis, quien efectúa un trabajo, lo cobra). ¿Quieren realmente hacerlo?

Si ante estos tres supuestos la respuesta ha sido un no rotundo, dejen de preocuparse y ensayen cada mañana esta nueva forma de libertad. Es cierto que en nuestro país no estamos acostumbrados a ser “tan sinceros”, pero es la mejor manera de ser honestos y felices.

Si ese amigo del colegio al que hace años que perdió la pista le escribe de pronto desde Facebook y le dice que “de este año no pasa venir a Ibiza a verle”, responda con idéntica frescura que “mire pronto hoteles porque enseguida se agotan las reservas”, y que “tiene mucho trabajo, pero hará un esfuerzo para verle”. A la hora de pagar en un restaurante con sus “invitados forzados” asuma que no es su deber abonar siempre las cuentas y tenga preparado un email con un resumen de las mejores playas, hoteles y restaurantes de la isla para evitar que le pidan hacerles ustedes las reservas.

En resumen, la gente no les va a querer más o menos por satisfacer todos sus deseos y la sinceridad es un bien al alza. Piensen también en qué tipo de favores pedir, cuándo, a quién y cómo en un futuro y recuerden que la vida es un banco de favores en el que para tener efectivo es preciso haber ingresado previamente altas sumas de generosidad. Ante los caraduras la respuesta debe ser siempre “rotundamente no”.

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