Nos quedamos solos

Hoy no quiero hablar de política. Me niego a escribir otro artículo analizando en qué hemos fallado, quiénes son los culpables y por qué se nos desmiembra España. Mis letras no arreglarían nada, no cambiarían el curso de unos acontecimientos que no entiendo y que no puedo solucionar. Mi opinión no va a enjugar la lástima que siento por quienes albergan más odio en sus venas que amor y, al final, este sería otro artículo más de este tedio informativo en el que nos hemos instalado.

Hoy no quiero hablar de política porque citaría de nuevo a Ortega y Gasset, a Unamuno o a Machado, para algunos viejos despechados en vez de maestros tristemente actualizados por los acontecimientos. Tal vez si en los colegios se estudiase más literatura, más poesía, más filosofía y más historia, los adoctrinamientos políticos, de un color y de otro, no tendrían cabida en las aulas. Puede que, si enseñásemos a la gente a pensar, embestirían menos cabezas y lucirían más, pero me temo que los cambios en nuestro sistema de enseñanza y el olvido de la cultura general provocan al final esta amnesia colectiva y una falta de valores para desentrañar las repercusiones que tienen nuestros actos. El “ojo por ojo, diente por diente” brilla hoy como proclama bélica para resarcir, 40 años después, a quienes todavía sienten en la espalda las pisadas de la represión.

Así, y para justificar este sinsentido, hay quienes recuerdan retazos de otros tiempos a medias, cogiendo lo que les interesa de la historia común y desterrando las verdades menos cómodas. Escuchamos, incluso, a quienes apelan al inicio de una reconquista al abrigo de la nueva República de Cataluña, anexionándose nuestro archipiélago como por arte de magia. Son los mismos que en vez de sembrar conocimientos entre los más jóvenes les implantan creencias y quienes anteponen el uso de una lengua a la experiencia, erudición, conocimientos, currículum o servicios. Los radicales escupen siempre hacia arriba y acusan a aquellos que no comparten su visión de las cosas de ver mal. “O conmigo o sin mí”, y si no compartimos su credo nos convertimos en sus peores enemigos. Por cierto, creo que se perdieron las noticias el 20 de noviembre de 1975 y que todavía no saben que Franco ha muerto.

Lo siento, porque hoy no quería hablar de política, pero se me van los dedos solos y no hay manera de quitarme este estupor que me recorre el cuerpo. Hoy el escalofrío que me hiela es gris porque mis ojos no reconocen el mundo bipolar en que vivo. Llevo varias semanas rara, leyendo periódicos sin parar, viendo programas informativos de todas las cadenas y buscando en el diccionario sinónimos de la palabra “diálogo” para que ver si resulta que ahora una de sus acepciones incluye la imposición de un supuesto y ha dejado de ser una búsqueda de acuerdo entre dos partes. Pero nada, no consigo salir de este laberinto.

Intento no pensar en el tema, imaginarme que al final todo será una cortina de humo más; “pan y circo” para mantenernos atentos a la arena en vez de a los verdaderos problemas que nos aprietan. Me sumerjo en otra noticia distinta buscando despejarme: “Los informes dicen que se está perdiendo el uso del ibicenco en nuestra isla”. Hablo sola y digo en voz alta que es normal, ya que cada vez es más internacional y está más cuajada de personas de todos los países del mundo. Somos un lugar cosmopolita donde en cada esquina, en cada calle, se puede escuchar en menos de cinco minutos hablar en seis idiomas distintos. Un lugar mágico donde hay niños que tienen la suerte de estudiar en catalán, en castellano y en inglés y de escuchar en su casa, como lenguas maternas, el italiano y el alemán.

Somos muchos los que hemos aprendido ibicenco por placer, por coherencia y por agradecimiento a una tierra que nos ha dado muchísimo, pero a los que nos rechinan los dientes y “el seny” cuando vemos cómo su imposición en sectores básicos como la medicina, la limpieza, la justicia, la seguridad o la educación alejan a los pocos profesionales de todos los ámbitos que desean venir a trabajar a este pequeño paraíso. Si a los muchos “peros” derivados de la insularidad que se ciernen sobre ellos, como el aislamiento, los altos precios y una vivienda casi inalcanzable, le sumamos la imposición de una lengua, la balanza caerá sobre el peso de la negativa.

Vivimos del turismo, queremos atraer cada vez a más visitantes de fuera, pero no podemos adecuar los servicios a los precios que les cobramos y a las promesas que les hacemos porque nos falta mano de obra cualificada. Eso sí, lo más importante es que un médico hable ibicenco, aunque eso suponga vacantes sin cubrir, listas de espera de meses y una atención deficitaria para los impuestos que pagamos.

Ya lo ven, yo no quería hablar de política, pero así empezó todo en Cataluña, imponiendo una lengua a otra en las aulas, señalando con el dedo a los niños que hablaban en castellano en el recreo, multando a quienes ponían los carteles en sus negocios en “español” y generando problemas donde nunca los había habido, en un lugar donde la convivencia entre dos lenguas era un ejemplo.

Yo hoy no quería hablar de política, pero la pena se me ha transformado en enfado y hay veces en las que hay que dar un puñetazo en la mesa y recordar a los que buscan separarnos que al final se van a quedar solos. Los que creemos en la convivencia entre personas de todas las ideas y culturas somos más. Juntos somos mejores, más fuertes y más cultos. Esto va mucho más allá de la política y, como dijo Unamuno, “la independencia no es un fin sino un medio”, aunque ¿cuántos de quiénes la enarbolan se han parado a pensarlo?

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