Fotografías en la red

Con apenas siete años, semanas después de hacer la comunión, mi madre, cansada de tirones, de enredos y de cepillos rotos, me sometió a uno de esos cortes de pelo que te marcan de por vida. Era un estilismo imposible para un pelo fino y lacio, que me obligaba a llevar horquillas para contener un flequillo que caía sin gracia sobre las gafas y tras el que juré que cuando fuese mayor nunca nadie me sometería a tal tropelía. Una promesa al más puro estilo “Lo que el viento se llevó” que he cumplido a rajatabla y que pronuncié con lágrimas en los ojos, muy teatrera, evocando a la gran Vivien Leigh mientras me comía una copa Dalky, para encontrar en aquel drama un momento más dulce. En esas fechas, y para mayor escarnio, un amigo de la familia me inmortalizó de aquella guisa. Años después me vi “obligada” a esconder el negativo y el positivo de aquella fotografía, para dejar de ser la mofa de mis amigas, aunque no debí guardarlos muy bien porque hace muy poco mi hermana me envío esa imagen que había olvidado, como hago con todo lo malo, entre “emoticonos” de carcajadas.

Pasó el tiempo, me creció el pelo, y a los 15 años me volvió a ocurrir. No se preocupen, mi pobre madre nunca más osó empuñar las tijeras contra mí. Lo que pasó es que me hice unas fotografías de carné para el instituto y de regalo me dieron una enorme y desproporcionada imagen que exhibía a una adolescente lánguida y pálida que apenas sonreía y que todavía me encuentro en cada visita a Aranda. Les juro que cuando la veo la escondo, pero siempre vuelve a aparecer como por arte de magia, recordándome que es mentira eso de que “cualquier tiempo pasado nos parece mejor”. Al menos no tuve redes sociales hasta pasados los 25, cuando llegaron las cámaras digitales y cualquier situación vergonzosa, estúpida e incómoda pudo ser inmortalizada y difundida con total desamparo. Me alegro de no haber nacido en la era digital y de haber evitado así que mis actuaciones infantiles, mis imitaciones de Marisol, mis caídas en la piscina o mis interpretaciones teatrales fuesen hoy motivo de mofa entre amigos y no tan amigos. ¡Fíjense que me quejo de aquellas dos deshonrosas fotografías cuando muchos niños de hoy, que mañana serán adolescentes y después adultos, no han podido evitar que sus padres o amigos cuelguen de forma indiscriminada vídeos suyos desnudos en la bañera o imágenes que les perseguirán toda la vida! Incluso hay menores que desde la tierna edad a la que a mí me esquilaron la melena cuentan con su propio Instagram, Twitter o Youtube.

Los peligros de estos canales para los menores comienzan a gritarse a los cuatro vientos. La búsqueda de aprobación social, una prepubertad forzada, la adicción a comprobar los “me gusta” obtenidos en cada publicación cada media hora, y la necesidad de que estos se incrementen, están llevando a niños a someterse a dietas y a querer parecer adultos. Al llegar a la mayoría de edad muchos muestran fotos que comienzan siendo sugerentes para pasar a convertirse en evidentes y que permiten que sus jefes, exparejas o posibles acosadores campen a sus anchas por sus intimidades.

Ahora piénsenlo fríamente: ¿qué puede haber de malo en una inocente fotografía de un día en la playa con amigos? Mucho, si la persona que te acompaña ha escogido no publicar imágenes suyas en bañador, por ejemplo, ya sea por decisión personal, por timidez o por algún complejo. Amén de los problemas que podemos causarles si nadie debía saber que estaban allí en aquel momento o si hay menores en la instantánea.

Por eso, si son ustedes de esos que no filtran lo que cuelgan en la red, ya sea de adultos o menores, y no lo consultan con quienes ya no podrán evitar que sus imágenes circulen para siempre en un mar de bits, piénsenlo antes de publicar, cíñanse a captar los atardeceres o paisajes de Ibiza y recuerden que lo que se sube a Internet ya nunca podrá bajarse o, en el mejor de los casos, la gestión para conseguirlo se les hará eterna. Así que, mamá, si quieres volver a poner en tu casa esas dos fotos que tanto odio, prometo no volver a quitarlas; al fin y al cabo, en tu casa puedes hacer lo que quieras y no soy nadie para meterme en las vidas y hogares de otros. De ahí no pasarán.

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