Todo es mentira

“Todo es mentira”, de Álvaro Fernández Armero, fue la primera película del “nuevo cine español” que me enganchó sin remedio a un género que desde aquel 1994 no deja de presentarnos propuestas de gran calidad como hemos visto estos días con “Arde Madrid”, “Tu hijo” o “Quién te cantará”. Aquel fue un comienzo icónico para el cine patrio; “Salto al vacío” nos dejó tiritando con una Najwa Nimri apoteósica, a pesar de que rotativos nacionales adelantaban que el declive de las salas comenzaba a titilar con la pérdida de 1,5 millones de espectadores. Desde entonces, nosotros, los que crecimos dándonos la mano entre butacas, temblamos con “Tesis” o “Abre los Ojos”, nos enamoramos de los “Amantes del Círculo Polar”, soñamos con ser “Chicas Almodóvar” en cualquiera de sus proyectos, seguimos la estela de Icíar Bollaín, con su “Hola, ¿estás sola?”, quisimos ver Formentera con la mirada de Julio Medem y vibramos con “A los que aman”, de Isabel Coixet.

Asidos a sus manos y a sus cámaras llevamos dos décadas riendo y llorando con comedias descarnadas, de esas que te hacen bailar entre la emoción y la risa, entre los sentimientos abruptos, la picardía, la maldad incontrolada y la incontinencia verbal. Cuerdas flojas entre el surrealismo o la cotidianidad que, en casos recientes como “Paquita Salas”, visten a un hombre de mujer para metaforizar sobre las apariencias y mostrarnos la comedia esperpéntica de un país cuyos guiones van mucho más allá del destape. Porque han pasado veinte años desde que aquella Penélope Cruz nos conquistara sin remedio, junto con un Coque Malla irreverente, y todavía hay gente que se ha perdido todo lo que hemos vivido a su lado. Hoy nuestro cine ya no es solo sexo y música, ni tampoco tienen nada de malo que los contenga, es el espejo en el que tal vez muchos no quieren mirarse.

Las películas nos hacen pensar y nos llevan a masticar cada historia en nuestra cabeza, a revivir experiencias y a experimentar vivencias, del mismo modo que la literatura, pero con una angustia diferente. Frente a una pantalla nos creemos amantes, víctimas y protagonistas durante horas. Nos vemos reflejados en aquello que queremos ser y en lo que hemos decidido que nunca seremos, como quien puede escoger su destino gracias a una bola de cristal que le permite verlo desde otros ojos. Nosotros, los que cada domingo acudíamos a ver la única película que se proyectaba a la semana cuando no había grandes centros comerciales ni multisalas, conocíamos por su nombre a quienes nos vendían las entradas y a quienes nos sentaban al albor de una linterna, y sabíamos respetar los silencios solo ahogados por algún beso.

El cine es espectáculo, es circo, es una mentira que contiene grandes certezas, donde laten sueños, ficciones que buscan traspasar la pantalla y traumas afines. Cuando yo era pequeña creía que, si cantaba con mucha fuerza y pasión, podría convertirme en una especie de “Marisol” y lograr que una banda sonora me acompañase en mi día a día. Porque dentro de cada guion cobran vida realidades y libertades, y podemos ser otros por un instante, sin miedo y sin peligro. La música resuena en nuestras cabezas.

Estos días en los que escuchamos tantas sandeces sobre una industria que afirman que no es creativa quienes no la conocen y donde tenemos tanto miedo de no ser “políticamente correctos”, nuestro cine, el de casa, nos sigue desmontando tópicos y se sacude ese “buenismo” impuesto hoy, que pretende impedirnos decir las cosas con la crudeza que precisan y despojarnos del sarcasmo que las desdramatiza, siendo fiel a las verdades como puños en esta apartada orilla. 

El cine es, al final, esa gran mentira vestida de verdades que nos retratan y que necesitamos escuchar para seguir creciendo. Por eso no dejemos de verlo, de entenderlo y de descubrirlo.

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