Cosas que no caducan

No caducan los amigos de verdad, el olor a café, un baño en el mar, una siesta interminable, el sabor de un bizcocho casero, una caricia, una carcajada tan honda que esponja la tripa, un libro o una canción. Son ese tipo de cosas que a veces olvidamos por cotidianas o por sencillas, pero que nos evocan hoy los mismos sentimientos que la primera vez que experimentamos su magia. Esa persona que nos miró con los ojos del alma y que nos entendió sin palabras, aquella vez en la que entendimos que éramos parte de un océano en el que nadar nos hacía libres, el día en el que despertamos sin saber qué hora era y sin que nos importara, o esa sensación dulce en la boca capaz de recrear en un segundo cientos de instantes de nuestra infancia. La primera mano que nos rozó y erizó nuestros cuerpos, aquel día en el que no podíamos parar de reír, retazos de novelas que nos descubrieron otros mundos o esa letra cosida a una música que se convirtió en la banda sonora de nuestras vidas.

No caducan los amores reales, ni los atardeceres, los placeres cotidianos como taparse con una manta o urdir una sorpresa para quien la merece. Las cosas realmente importantes, aquellas que no compra el dinero y que componen el álbum de nuestras vivencias, no marchitan ni envejecen si las mimamos como a la rosa de “El Principito”. Respirar, sentirse sano y pleno, correr y que el cuerpo responda ante cualquier estímulo o llorar y tantear los miedos, son precisos para que, al frenar en seco, podamos apreciar en todo su esplendor este instante mágico que no volverá a repetirse.

Dicen en mi tribu que últimamente mis artículos son más cortos pero más intensos. Puede que ya no necesite tantas palabras para decir lo mismo y que este sea el momento de rasgar temas que no hablen de noticias ni de actualidad, sino del aquí y del ahora, de esto que nos ocurre, de lo que olvidamos, de lo que nos hace especiales y felices. Puede que madurar sea simplemente esto: aprender a recordarlo todo con una sonrisa y a empezar cada día de nuevo. Descubrir, como por arte de magia, que los sueños se alcanzan si estiramos los dedos y que nuestro disco preferido suena mejor si lo cantamos con sus protagonistas o con los nuestros, porque sus letras, como estas, si están bien compuestas y apretadas, nunca caducan.

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