El Planeta de los Simios

Hay días en los que me despierto como si fuese Charlton Heston y hubiese aterrizado en un planeta que no es el mío. Siento que me persiguen simios que quieren coartar mi libertad. Me miran como si fuese un bicho raro por no haberme drogado nunca y les sorprende que denuncie con uñas y dientes todo lo que es ilegal. Para ellos cobrar en negro y no declarar sus ingresos, hacer de la picaresca su religión, alquilando habitaciones en pisos residenciales, montando fiestas en espacios protegidos y obviando todas las leyes y ordenanzas que nos protegen, es su pan de cada día, mientras que cumplir con las leyes y ordenanzas públicas les parece poco más que el apocalipsis.

Esos días corro para huir de quienes pretenden encerrarnos en una isla que ya no es la nuestra, tratándonos como si fuésemos seres inferiores por nuestra condición de homo sapiens, sobre todo por lo segundo.  En ese éxodo me cruzo con otros que, como yo, se esconden de sus zarpas y se defienden con libros, artículos y denuncias para proteger nuestro mundo, el que quieren arrebatarnos los iluminados que dicen que Ibiza es suya y que tumban nuestra Estatua de la Libertad en aras de un supuesto albedrío.

En su lengua, la de la agresividad, con un vocabulario escaso y en un tono tan alto que es complejo entenderlos, nos dicen que son cosas que se han hecho siempre. Relatan que hace décadas no pasaba nada por acampar en reservas naturales, por hacer fuego en cuevas, aunque luego ardan nuestros bosques por su imprudencia, ni por dejarse vencer al amparo de la música dance y del LSD en noches que duran tres días. Todo eso ya lo hacían los hippies de los 70 y esa era la Ibiza auténtica, esgrimen. Sus palabras nos dejan mudos, sobre todo porque pensábamos que antes de esa fecha las Pitiusas ya estaban habitadas y que fueron los verdaderos payeses los que permitieron que una nueva tribu se instalase en completa armonía entre ellos, aunque no compartiesen su religión, su forma de vivir ni su indumentaria. Solamente había una regla, el respeto, y hoy, quienes se visten de antisistema para lucrarse de una sociedad a la que no aportan nada, han olvidado las reglas del juego. Lo peor es que fingen no entendernos cuando les explicamos que la evolución es, precisamente, mejorar y respetar un entorno que está en peligro.

El pasado fin de semana, sin embargo, nos rebelamos y clausuramos su “rave”, (curiosa palabra para describir una fiesta ilegal de toda la vida). Un millar de primates invadieron un rincón tan sagrado como Comte y fue allí donde decidimos que este planeta era el nuestro y que no queríamos huir a ninguna parte.

A pesar de las agresiones y de los insultos, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, las que pagamos nosotros con nuestros impuestos, les recordaron que no podían reclamarles una orden judicial para cerrarles el “chiringuito”, cuando eran precisamente ellos quienes habían invadido un espacio público. Como respuesta solo recibieron piedras y barras de hierro en una extraña antítesis de sus proclamas antiviolencia. La música atronadora se apagó para dejar paso a los gritos y a los ladridos de perros de razas peligrosas deambulando sin bozal por la zona, mientras un disparo al aire lo apagó todo.

Basura, suciedad, detenidos e indignación fue su carta de despedida.

Los que quedan siguen diciendo que son buenos chicos, que solo toman drogas “como todo el mundo” y que tal vez se pasaron un poco con el alcohol. Nosotros, los que ya no corremos, queremos recordarles que una vez cumplidos los 18 los adultos debemos comportarnos con civismo, no escudarnos en justificaciones infantiles y dejar de vestir de libertad lo que no es sino libertinaje. Tal vez si leyesen con más atención el diccionario con el que conseguimos apartarnos de sus fauces aprenderían a erguir mejor sus palabras. Tal vez, y con la ayuda de Charlton Heston, no esté todo perdido.

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