Me quito el sombrero

Hace años las personas que más respeto merecían a su paso por la plaza del pueblo eran el médico, el maestro, el cura y el alcalde. Ante ellos los hombres se descubrían la cabeza y las mujeres enarbolaban su mejor sonrisa.

Todos tenían algo que agradecerles porque estas figuras compartían un fin primordial: alimentar sus esperanzas. Mientras unos curaban enfermedades y les alargaban la vida, otros eruditos les enseñaban cómo hacer que esta fuese más rica, cultural y espiritualmente, mientras que los últimos gestionaban sus impuestos de manera recta y eficiente. En un mundo feliz, objetivo y limpio, estas deberían ser las profesiones mejor reconocidas, más relevantes y mejor valoradas. Hoy, en cambio, los niños quieren ser futbolistas y las niñas sueñan con aparecer en Mujeres y Hombres y Viceversa. No me malinterpreten, hay de todo en esta “Viña del Señor, gracias a Dios”, pero cuando se pierde la fe, en el sentido más metafórico y literal de la palabra, la justicia, los valores y las brújulas se nos desconfiguran hasta llevarnos a acusar a los profesores de nuestros hijos de tenerles manía, en vez de respetar sus decisiones y depositar en su conocimiento lo más valioso que tenemos.

Este no va a ser un artículo que ahonde en las heridas de la corrupción, de los maletines negros y oscuros y de los sátrapas que han saqueado las arcas públicas de cada comunidad autónoma de nuestro país,  por lo que eximo a los primeros ediles de sentirse protagonistas de las siguientes letras. No obstante, en su defensa diré que, como ocurre con los periodistas, no todos los políticos son malos, ni todos tienen malas intenciones. En esta isla tenemos un claro ejemplo de personas que creen en mejorar sus pueblos y que cada día trabajan, con su bastón de mando como varita mágica, 14 horas por ello. Pueden estar más de acuerdo o menos con sus programas o decisiones, con sus ideas y con sus equipos, pero personalmente creo que en las filas de nuestra isla desfilan algunos hombres buenos, como diría Pérez Reverte.  (No tiraré del feminismo demagogo y añadiré mujeres, porque creo que el genérico nos engloba a todos y no es preciso ahondar en una discriminación positiva que ni hace daño, ni pica).

Tampoco será este un texto que analice si un ser superior juega con nosotros, qué somos, de dónde venimos o a dónde vamos, porque yo soy de esas personas que cree más en las personas que en sus creencias y que hace del respeto y de la bondad su sayo. A quién voten quienes me rodean y si van a misa los domingos o si meditan por la mañana me importa menos que sus afectos.

Los principales protagonistas de estas líneas son los que salvan nuestro cuerpo y alma. Quienes nos operan, nos cuidan antes y después de una intervención, nos aconsejan y, lo más importante, tratan con mimo a quienes más amamos. Cada una de estas palabras está también dedicada a aquellos que enseñan a leer y a comprender entre líneas a los niños de nuestros ojos.

Esta semana he podido conocer a los maestros de mis sobrinos. He puesto cara, voz y ojos a las profesoras que han logrado inocular en ellos el amor por los libros y por los números. El pasado lunes impartí una charla en un aula repleta de coletas y pocos dientes en la que logré que la mitad de esas sonrisas cosidas a inocencia se enamorasen del periodismo. Mi sobrino Hugo sacudía su penacho de orgullo irradiando el mío a su vez de amor sincero. Cuando los hijos de tus hermanos se parecen tanto a ellos, y en esencia tanto a ti hace no tanto, te ayudan a revivir la admiración y el respeto sincero que les tenías cuando apenas levantabas unos palmos del suelo. ¡Qué suerte descubrir que los ojos de quienes les deben despertar al mundo están llenos de ternura, paciencia y sabiduría! Desde esta atalaya quiero darles las gracias porque, como diría Piqué, “con vosotras empezó todo”.

La charla que impartí en el colegio de mi sobrino tenía una razón de ser: operaban a mi madre y me encontraba esos días en mi pueblo para ayudarles de alguna manera, si es que podía ser capaz de hacerlo. Cuando se llevan a tu madre, tu cordón umbilical con la vida, en una camilla, un escalofrío azul del miedo se te enreda con fuerza en el estómago hasta paralizarte. Quienes hemos asociado los hospitales con despedidas sufrimos por dos, por tres o por cuatro ante cada intervención.  En este caso el final fue feliz. No solamente puedo decir que comimos perdices escabechadas y que mi progenitora descansa ya en su casa con los tibios cuidados de mi padre y de mi hermana, amén de las visitas llenas de alegría y energía de mis sobrinos, sino que mi concepto de médicos y enfermeras cambió.

Durante nuestra estancia en este hotel del miedo hablamos de teléfonos, de gin-tonic, de revistas, de política, hicimos chistes, comimos bombones y, sobre todo, fuimos personas. Gracias por ser tan humanos, tan tiernos y tan profesionales. Queridos maestros, profesores, doctores, médicos, enfermeros, auxiliares y celadores gracias por hacer del mundo un lugar mejor. Nosotros, los de ayer, hoy y los que formaremos juntos prometemos seguir quitándonos a vuestro paso el sombrero.

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