¿Y si…?

¿Te has planteado qué habría sido de tu vida si hubieses decidido seguir con tu primer novio, estudiar otra carrera, cambiar de ciudad o aceptar ese primer puesto de trabajo que te seducía para abandonarlo todo? ¿Quién serías hoy si hubieses sucumbido a la propuesta de aquella amiga para viajar por el mundo o si te hubieses entregado a la noche y a los secretos de los días poco convencionales? ¿Con quién dialogarías ahora mismo si hubieses escogido otro camino absolutamente opuesto al que seguiste?

Tal vez tendrías tres hijos, o puede que ninguno, pesarías 20 kilos más o 20 kilos menos, serías alguien famoso y envidiado o un voluntario en un país lejano. En este particular “Elige tu aventura” que es nuestra propia historia podrías ser 100 personas distintas, pero la pregunta más importante que debes hacerte es si serías más o menos feliz que ahora.

Lo sueños que tejemos en la infancia y que se enredan en la adolescencia muchas veces no siguen un orden, tiene vacíos, y no nos visten lo suficiente para cubrir nuestras carnes maltrechas una vez que estas envejecen o se descuelgan. Son quimeras que se deshacen con la lluvia con la misma facilidad que un algodón de azúcar en un ficticio parque de atracciones, donde las luces y el ruido no nos permiten ver lo desolador del descampado que cubren. La persona en la que anhelabas convertirte puede que hoy no lograse sonreír cada noche y saltar de la cama con alegría cada mañana porque, aunque mantengas la esencia de aquel aroma que destilabas, hoy el perfume que te acompaña ya es otro. ¿Quién te asegura que no acudirías cada día a fichar a ese lugar que parecía más mágico cuando eras tan pequeña que no veías bien sus aristas? Nadie puede saber si en el abismo de la rutina el curso de las horas pasaría demasiado lento, y los escalofríos harían tus lunes eternos y malditos. ¿Acaso tienes pruebas de que quien parecía aquel príncipe azul hoy no habría desteñido y perdido su montura? Puede que los ojos que te saludan cada mañana al otro lado del espejo no supiesen entonces la calidad de tu futuro, del que es hoy tu presente, y es más que probable que entre las opciones que barajabas para ser feliz la falta de conocimientos te impidiese vislumbrar el amplio abanico de posibilidades que tenías ante ellos. La juventud es una miopía que nos impide ver de lejos y que solo se cura con los años.

Aquel chico que estudió Derecho o Económicas por imposición familiar, camina por la vida satisfecho reconvertido en pequeño empresario como chef de un restaurante, o como jardinero de un paraíso verde y cuajado de vida. Aquella joven que cursó Filología Hispánica da clases hoy de Pilates y es fotógrafa en sus horas libres, para captar siempre la postura perfecta de quienes no se tuercen ante los cambios de rumbo. ¿Quién puede juzgar si han ganado o han perdido con el cambio de norte a sur, cuando lo único realmente importante es seguir andando?

El amor verdadero no hace cola y no sabe de orden de llegada, por lo que puede que aquel espejismo de “por y para siempre” no fuese más que el estribillo de una canción de verano manida y que la banda sonora de tu auténtica historia esté por escribirse, o te saque a bailar cada día. ¿Y si nos hubiésemos equivocado con todo? ¿Y si cada torcedura de tobillo, cada caída y cada giro improvisado nos sacudiesen con fuerza para recordarnos los paisajes que dejamos atrás y de los que ya no disfrutaremos? En ese caso, ¿qué nos impide parar, sacudirnos el polvo del camino y rehacer nuestros pasos?

Los sueños son para vivirlos, aunque a veces nos decepcionen por haberlos enaltecido. Lo que proyectas cada noche no son sino pesadillas e información procesada de lo que has vivido, leído o sufrido, por lo que deja de pensar en ese ¿y si…? y transfórmalo en un claro y sonoro sí. Porque la vida está llena de destinos y nunca seremos lo suficientemente viejos como para dejar de escribir nuestra propia aventura, la que solo nosotros podemos escoger, releer y protagonizar de la primera a la última página.

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