Olor a viejo

Somos carne de un país en el que las noticias más leídas del día beben de sucesos, de deportes, de famosos de medio pelo o de estudios innecesarios. Nuestra piel cubre una pandereta imaginaria donde el ruido que hacen los bufones ahoga las palabras de los sabios, y en la que castigamos a los que destacan mientras ensalzamos a los mediocres para no sentirnos inferiores. No nos gustan los maestros y denostamos a los que enarbolan palabras bien construidas y cuajadas de sentido, presos de un “cainismo” nacional que siempre ha latido en nosotros. Vivimos en un eterno día de la marmota en el que cada nuevo espectáculo nos alimenta con el pan y el circo del que nos surten quienes mueven nuestros hilos, y estos días estamos revolucionados con un nuevo descubrimiento cuyo aroma tapa nuestros problemas reales: resulta que el “olor a viejo” existe y se desarrolla en nosotros a partir de los 30 años.

Lo han publicado responsables del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, CSIC, quienes han determinado que este “tufillo” nada tiene que ver con la suciedad exterior, el sudor u otro tipo de fluidos, sino que es una molécula que genera nuestra piel y que se llama 2-nonenal. Un compuesto con nombre de “fistro duodenal”, al más puro homenaje a Chiquito de la Calzada, que, según alertan, es tan desagradable, que una vez aislado y contenido en una cápsula que a su vez abrieron “hizo que todo apestara”.

La culpa la tienen los ácidos grasos de la barrera lipídica de nuestra piel que, al oxidarse, dan vida a este elemento fétido, imposible de camuflar con perfumes o jabones, y que, tal y como han publicado algunos medios con poco tacto y mucha mala leche, dejan al aire nuestra decrepitud y podredumbre. De nada sirven las cremas antienvejecimiento, machacarse en el gimnasio, estar eternamente a dieta y someterse a tratamientos de toda índole, porque al final la edad huele, y eso no hay nada que lo tape.

El 2-nonenal comienza a heder en esta década que estoy a punto de abandonar y se manifiesta sin caretas a partir de los 40. De nada sirve que nos mintamos diciendo que los 40 son los nuevos 30, y que somos “cuarentañeros” y no “cuarentones”, o que nos sentimos más jóvenes, más seguros y más felices que hace veinte años, porque la realidad es que la vejez nos persigue y se nos instala en la piel, dejando a su paso un hálito de despedida.

Los españoles no hemos sido los únicos en investigar esta particular molécula. Un estudio japonés ya demostró en 2001 que el “olor a viejuno” existía, como confirman desde el propio CSIC, y que, incluso, empresarios del país nipón ya habrían desarrollado colonias y desodorantes que lo neutralizan. Una afirmación que constata que la inversión que se ha hecho en este “importantísimo” estudio por parte de nuestro país, tal vez podría haberse dedicado a otros menesteres más agradables y productivos.

Lo que más me aterra es que esta noticia servirá para que los enemigos del agua y de la higiene personal se hagan más fuertes y afirmen que su “peste” no proviene de una dejadez de la educación más básica, sino del paso inexorable del tiempo, porque como los lípidos no son solubles al agua, esta molécula no puede eliminarse.

¡Ah! ¡Otra cosa! Pidan a sus amigos que les alerten cuando el “olor a viejo” comience a emanar de sus cuerpos porque, a medida que envejecemos, perdemos también capacidad olfativa y es probable que no seamos conscientes de que, como en un cruel cuento de Edgar Alan Poe, pasemos a convertirnos de la noche a la mañana en apestosos cuerpos vivientes. 

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