Carta de una X a un millennial

No te preocupes si hoy te llamamos millennial los que en otra época poníamos el grito en el cielo por ser calificados de “Generación X” porque, como ocurre con la moda y con la historia, en la vida todo vuelve y a los que vamos sumando años se nos olvida que también fuimos jóvenes y que, como a ti, tampoco entonces nos sentimos representados por etiquetas tan básicas. Los hijos de la EGB, aquellos a los que nos dijeron que la letra con sangre entra, esos que memorizamos ríos, reyes godos y capitales del mundo, para los que la ausencia de dos tildes suponía un suspenso incluso en matemáticas y cuyos juegos de máxima tecnología eran el “Operando” o el “Simón”, nos sentimos un poco perdidos. Nos puede la melancolía y vivimos anclados en el baúl de los recuerdos de los años 80 y 90 evocando su música y costumbres como si fuesen las mejores. Si lo pensamos, no nos diferenciamos en nada de nuestros padres, que hoy son tus abuelos, porque como te he dicho los que os echamos en cara la arrogancia de la juventud nos empapamos en la prepotencia de las canas.

Llamarte simplemente millennial, porque en resumen te has criado en una sociedad altamente digitalizada, y colgarte el “Sanbenito” de “generación búmeran” o “Peter Pan” por vivir todavía con tus padres, es tan simplista como decir que por haber nacido bajo el signo de Leo tienes un carácter de mil demonios.  Si no puedes independizarte no creo que sea por falta de ganas, sino porque para hacerlo las cuentas no te salen. Sois, como nos decían a nosotros, los más preparados de la historia. Habláis idiomas, tenéis formación y sabéis qué es lo que queréis. Como te decía, la historia se repite. En tu contra, en la vuestra, juega el desequilibrio entre salario y vivienda. Si nosotros nos quejábamos hace una década del drama de ser “mileuristas”, hoy llegar a serlo es todo un triunfo, aunque el coste de la vida en estos 10 años se haya duplicado y los alquileres cuesten hasta dos o tres veces más que cuando nosotros salimos del nido. Como ocurre y ha ocurrido siempre, hay de todo en este mundo del señor, y entre la gente de tu edad, como de la mía, habrá jetas que ni estudian ni trabajan y que se aprovechan de sus progenitores exigiendo que los mantengan a cuerpo de rey, pero en la mayoría de los casos la ecuación, simplemente, no puede resolverse. Si ganas 800 euros y un alquiler cuesta 1.000 las ganas no cubren gastos.

Ser joven no implica ser mejor ni peor. Es una etapa de la vida por la que todos pasamos. Hay menores de 25 años que son artistas, magos y expertos en lides que adultos de 50 ni atisban y maestros de 40, que hemos atesorado conocimientos cosiéndolos a nuestros codos y tropezones, solo veremos de lejos. Que nadie te diga que eres el futuro, porque no te estará mirando a los ojos aquí y ahora para ver que realmente eres el presente y que ellos son, irremediablemente, el pasado. Del mismo modo que hay adultos que hablan a los niños como si fuesen tontos, también los hay que asocian arrugas con luces, aunque en ocasiones estas precisamente las apaguen.

Con 16 años mandé una carta al director a una revista de moda de gran tirada nacional donde, precisamente, hablaba de la frustración que sentía cuando escuchaba en informativos de televisión o de radio hablar sobre mi generación como si fuésemos un ente abstracto de “niñatos” perdidos, mimados y sin demasiadas inquietudes. Entonces ya tenía claro que quería ser periodista y me afanaba en escribir hasta en las servilletas de los bares. Hoy somos nosotros los que repetimos patrones y generalizamos con la misma tónica que otrora nos generaba inquina. Lo cierto es que da lo mismo haber nacido en una época u otra, ser la generación de La Movida, la X, la Y o la Z, que supuestamente es la que viene. Lo importante es que, ante todo, desde que nacemos somos personas y que las inquietudes se siembran, como los valores. Así que yo no te voy a sesgar simplemente por ser joven, ni voy a poner en tela de juicio tu valía porque tus algodones fuesen todavía más mullidos que los míos. Yo estoy aquí para escucharte y para aprender de ti todo lo que tengas que enseñarme, porque al final tenemos eso en común: nuestras ganas de comernos el mundo, de ser felices y de crecer hasta el infinito y más allá.

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